viernes, 31 de octubre de 2014

Misterio



- «Parece que se mudó al sexto pino y nunca se volvió a saber de ella... ya no actualiza el blog. Debe de andar poniendo cepos a los castores y untándose la cara con barro. Y ya no cocina. Come todo crudo y sin desollar. Rollo Apocalypse Now, pero en nórdico.»

- «¿Se la habrá comido un oso? O peor, ¿se habrá hecho del PP en la distancia, y se habrá montado una secta satánica en aquellos bosques canadienses?»

- «Igual se ha muerto. Mira que alguna intentona fallida ya hizo.»

- «Te apuesto a que le ha dado un infarto cerebral, y ahora la pobre está en terapia reeducativa, y lo único que puede escribir es GGGDDFZZZXWWWGGJJJRR...»

- «O probablemente cocina cuando puede y le sale del arco del triunfo, engulle las cosas sin fotografiarlas previamente, corrige y prepara clases y saca a pasear a la Chica y trabaja como una bestia en general, y ha decidido minimizar -por el momento- toda actividad que no sirva para: a) ponerse ropa limpia b) comer c) pagar las facturas.»

- «La muy perra. Y nos deja así.»

- «Ya.»

martes, 18 de marzo de 2014

Ya, ya

...sé que me echáis de menos, chiquitines. Para entreteneros la espera hasta que lleguen meses más cálidos y livianos, sabed que también ando por Instagram, documentando la vida en el sexto pino con cutrefotos de teléfono, que es lo único que me da tiempo a hacer entre pila y pila de exámenes por corregir. Así podéis chafardear, cotillas míos. Que sé que os gusta.


miércoles, 29 de enero de 2014

Profesoras enmascaradas

...a todos los que escribís amablemente diciendo que echáis de menos leerme más a menudo, tenéis dos alternativas:
1. pagarme un sueldo a escote para que me gane la vida escribiendo, o
2. leer mis tonterías profesorales en Facebook, en "Profesoras enmascaradas", la página de terapia colectiva nada políticamente correcta para profesoras de ELE para adultos (las profesoras son para adultos, no la página... eso también suena mal) y para universitarios, que no siempre son exactamente lo mismo que adultos :-). O para profesores, punto. Donde se dice todo eso que no les decimos a los alumnos.

No es lo mismo que las recetas, no. Engorda menos. Pero desahoga más.



miércoles, 15 de enero de 2014

Elige tu propia aventura: elegía de una cuarentona

 (Imagen de Anne Tayntor)

«Dentro de cada persona vieja hay una joven que se pregunta qué demonios ha pasado.»

Tengo cuarenta y un años, y empiezo a sentirme vieja. Francamente, me parece un poco pronto. No sé muy bien cuánto hay de objetivo en este sentimiento mío de vejez, teniendo en cuenta que mi cara aún está razonablemente lisa (salvo por las patas de gallo más que incipientes, y esas las he merecido a fuerza de reírme, así que creo que han valido el precio), aún soy capaz de entrar en ropa que no tiene aspecto de una tienda de campaña de seis plazas, y en general me siento cómoda con la novedad y la gente más joven que yo. Quizá sea esta fatiga crónica mía, o la crisis de los cuarenta, o que estoy escribiendo este post al amanecer gélido de Quebec y a estas horas el sentido del humor aún no se me ha despertado (por eso NUNCA escribo a estas horas, para que no me tiente ponerme seria y hacer el consiguiente ridículo espantoso). El caso es que me siento, si no vieja, menos joven que antes.

Son los pequeños detalles los que me recuerdan que soy cada vez menos joven: los hombres que antes me miraban discretamente en el metro y hasta me dirigían una sonrisa, ahora miran a chicas de la edad de mis estudiantes. Creo que esa parte en concreto del envejecimiento no me pesa mucho: una de las cosas que tenemos que aprender las mujeres para sobrevivir y ser razonablemente felices es a no medir nuestra valía a través de los ojos de otros. Pero eso no quita que un piropo bien lanzado solía levantar la autoestima de buena mañana. Si tan sólo pudiéramos tener la autoestima alta en la misma época de la vida en la que se tienen los pechos y los glúteos altos... qué mujeres seríamos, señores. Pero no. La vida funciona como una polea: cuando los unos bajan, la otra sube. Para equilibrar, imagino. 

Otra de las cosas que contribuye a esta sensación, aparte de trabajar con gente de veinte tacos que puede ingerir cantidades asombrosas de grasa saturada y azúcar ante mis ojos y embutirse en unos vaqueros pitillo de talla negativa, es que cada vez más a menudo empiezo a tener esa impresión de déjà vu. La atribuyo a que de vez en cuando hay cosas (olores, sabores o canciones, sobre todo) que extraen recuerdos de las profundidades del disco duro, memorias que no recordabas guardar ahí, cuidadosamente dobladas y envueltas en papel de seda. Cuando empiezas a ser consciente de la gran cantidad de recuerdos que conservas así, es cuando empiezan a servir de unidad de medida de lo vivido. Que empieza a ser bastante. Y ya ni os cuento si empiezas a ver morir a gente que quieres. El reloj comienza definitivamente a imponer su tictac, tictac. Hoy ha muerto Juan Gelman, uno de mis poetas preferidos de antaño. Bueno, ya. Acabo de rozar mi límite personal: nunca hablo de la muerte antes de las ocho de la mañana. Y sin haber tomado un café.

Todo esto viene a que el otro día andaba yo medio trabajando medio leyendo tonterías en facebook, ese gran invento para perder el tiempo sin hacer nada interesante como escribir, salir al mundo exterior o prestar atención a la gente que te rodea, cuando una canción de los ochenta que compartió una amiga hizo que una de esas cajas de recuerdos se abriera con un «¡pop!» repentino. Lo peor es que el recuerdo en sí es lamentablemente corto y en su mayor parte difuso, salvo alguna imagen sorprendentemente nítida. Como ya es bastante que esté escribiendo un post sin ni siquiera una receta para justificar este empeño mío en pensar que lo que lanzo al ciberespacio puede sentarle bien a alguien, encima no voy a aturdiros con recuerdos de mis años mozos.

Sólo diré, pues, que este recuerdo en concreto tenía guardada en el papel de seda la cara de un chico de diecinueve o veinte años, de pelo castaño, anchos hombros y un cuerpo curiosamente adulto para una cara tan joven, para un par de ojos tan limpios y aún no cargados de historias. Mi yo de veinte años volvía de una de sus innumerables noches de juerga, tarde, cuando tarde empieza a ser pronto, y en ese recuerdo aún huelo la humedad del aire de antes de despuntar el día, las hojas mojadas de los árboles del parque, siento el frío penetrando la ropa insuficiente, el sueño que me pesa en los párpados, la sorpresa del encuentro con este chico con el que ha habido más desencuentros que reuniones, no por nada en especial, sino porque hay gente con la que quisieras pasar más tiempo y sólo aparecen en tu vida así, de pasada, en estaciones de autobús, en colas de secretaría, en finales de noche de fiesta. El encuentro siempre es fugaz y siempre lleno de posibilidades, los dos lo dejan pasar y se dicen que están destinados a encontrarse de nuevo otra vez.  Tienen la certitud esa tan joven de disponer de todo el tiempo del mundo. Así que tu yo de veinte años habla con él, los dos pares de ojos enlazados, la distancia cautelosa, tu yo de entonces dice algo que quiere ser inteligente y divertido a la vez, mirando su boca, sus ojos, su boca. Esa veinteañera que era yo no dudaba en lanzarse y arrepentirse de lo vivido, en lugar de arrepentirse de no haberlo intentado. Pero no entonces. No esa noche. No con él. Él parece andar en el mismo debate interno. Y los dos se besan prudentemente en las mejillas, y se despiden sin saber que no volverán a verse hasta veinte años más tarde.

¿Qué tiene que ver este recuerdo con el sentirse vieja? Supongo que es porque no creo en el destino. Me inclino al ateísmo, no creo en ningún tipo de designio superior que haya trazado de antemano nuestros caminos. Nuestros caminos los vamos trazando nosotros, como podemos, aunque, en su mayor parte, la vida es una caótica suma de azares. Pensar que controlamos nuestro destino es uno de los absurdos que nos han enseñado y que tenemos que desaprender cuando crecemos. Elegimos algunas cosas, cierto. Como uno de esos libros de «elige tu propia aventura», cada giro en el camino, cada tangente que tomamos nos obliga a renunciar a otros caminos posibles. Estamos eligiendo el final de la historia que nos apetece vivir en ese momento, pero no estamos viviendo muchos otros finales dispares. Firmemente convencida de que la nostalgia es un lastre, una vez elegido el camino no suelo mirar atrás. A fuerza de conducir mirando sólo al retrovisor uno puede terminar empotrado en un árbol. Debe de ser, pues, la edad, la que hace que ahora de vez en cuando eche un vistazo atrás. No muy largo, sólo una ojeada a lo que podría haber sido. Eso es envejecer (¿madurar?) para mí: no es la falta de posibilidades de vivir una vida diferente, es empezar a contar todas las vidas que has ido dejando atrás y asombrarte del número. Y cuando te gusta escribir, la ventaja es que durante el momento que dura la ficción puedes elegir otro final a tu historia, el final en el que te pones de puntillas y le plantas un beso al chico de la mirada brillante. O en el que, cuando lo encuentras veinte años después, unas cuantas penas y aventuras más tarde, cuando ya no es un chico sino un hombre, en lugar de trabar de nuevo la mirada en la suya, en el mismo parque, y limitarte a abrazarlo un poco más fuerte que lo meramente amistoso, tomas otro desvío, eliges un final alternativo. No necesariamente mejor que el que vives ahora, sólo diferente. Porque cuando seas (más) viejo, recordarás los besos que no has dado más que algunos que diste.

Y como decía el gran Gelman, «Sefiní»:   

Basta 
por esta noche 
cierro la puerta 
me pongo el saco 
guardo los papelitos
donde no hago sino hablar de ti 
mentir sobre tu paradero 
cuerpo que me has de temblar

martes, 24 de diciembre de 2013

Felices Fiestas

A esa familia de lectores y lectoras que hacéis que mantenga este blog abierto contra viento y marea porque sois un poco como mi Santa Madre: estáis lejos, pero no me olvidáis y siempre esperáis algo bueno de mi parte. Un abrazo fuerte y un Año Nuevo lo más feliz posible para vosotros y toda la gente a la que queréis. 

(Advertencia: esta foto de la Chica ha sido producida libre de todo maltrato animal, pero con una cantidad escandalosa de galletitas para recompensar esa pose llena de paciencia que parece decir: -«Eehm, ¿esto era REALMENTE necesario?»)


domingo, 22 de diciembre de 2013

La Gran Evasión: biscotti de avellanas y chocolate

Cuando miro atrás me doy cuenta de que una de las cosas que más ha cambiado con los años (y probablemente con el cáncer) es mi nivel de energía. Recuerdo que durante toda la veintena y la treintena tenía la energía suficiente para alimentar en electricidad a una ciudad -pequeña- de provincias. Hoy no creo que llegara a encender el tostador. Por eso tengo el blog un poco abandonado, porque trabajar con el sudor de mi frente y vivir (comer, ducharme, ir al súper, sacar a la perra) terminan con todas las reservas. Y no me quedan para escribir. Estoy muy ocupada durmiendo: en el sofá, en la cama, en el tren, en las conferencias, en los funerales... el número de capítulos de series que he dormido últimamente es incontable. Mi especialidad es dormirme en los policiacos, cuando el inspector por fin va a contarnos quién demonios es el asesino. 

Pero no me quejo, estoy cansada, pero viva. Y tengo trabajo. Lo único que constato es que este cansancio crónico afecta a mi antaño irritante espíritu navideño. Cuando llegan las fiestas la huída se me antoja cada vez más atractiva. Hasta escribí un cuento sobre eso. Especialmente cuando nos toca a nosotros acoger a toda la horda familiar, fantaseo con comprarme un billete de última hora a Cayo Coco, a Pittsburgh, a Santa Cruz de Tenerife, a Saskatoon, adonde sea. Y pasar las fiestas durmiendo en un hotel. Un poco triste, lo sé. En mis fantasías más ocultas lo llamo La Gran Evasión (así, con mayúsculas), pero en mi imaginación prescindo totalmente de Steve McQueen. Me avergüenza decir que a veces prescindo incluso de Monsieur M. De lo que no prescindo es de una pila de novelas de crímenes, unas tabletas de Lindt y mis peores-mejores pijamas de franela. Probablemente si se materializara, esta fantasía sería bastante deprimente y perdería encanto en los primeros quince minutos. Pero cuando tengo el antebrazo hundido en el trasero de un pavo y mientras lo relleno espero a que lleguen las masas de sobrinos, cuñadas, niños de los sobrinos y novios borrachuzos de las cuñadas, hay ratos en los que practico la visualización positiva y me visualizo roncando bajo un edredón. Cada uno sobrevive como puede. Mi técnica es hibernar.

O lo era hasta que llegó la Chica. A la Chica le da igual que tenga sueño, un pavo por rellenar, clases por preparar y pilas de exámenes por corregir. Cuando es hora de pasear, es hora de pasear. Con medio de metro de nieve, con viento huracanado, con lluvia. Y cuando es hora de jugar, se me echa encima con sus treinta y tantos kilazos y me avasalla sistemáticamente hasta que cedo y juego. Desde que ha empezado a nevar (y aquí en Quebec llevamos cubiertos de un glaseado helado desde hace un mes), me he dado cuenta de que la Chica adora el invierno: salta en la nieve, se revuelca en ella, se la come a grandes bocados, mete la cabeza en ella hasta las orejas. El mundo es un gigantesco sorbete. Este ser peludo parece tener toda la energía y el entusiasmo que a mí me faltan. Menos mal que son contagiosos.

La Chica está resultando ser mejor alumna que algunos de mis estudiantes: mis esfuerzos pedagógicos combinados con galletitas han dado como resultado que ahora la perra da la pata, se sienta, se levanta, se acuesta, gira sobre sí misma a ritmo de salsa, recoge cosas del suelo y nos las trae, no roba comida, no se come zapatos ni bolsos, no muerde a las visitas, no se hace pis en casa sino que llama a la puerta con una campanilla para anunciar que necesita salir al jardín, respeta rigurosamente la prohibición de dormir en el sofá y subir al piso de arriba y masticar a Julieta... en suma, es el perro modelo. Salvo por un pequeño detalle: la Chica presenta un caso bastante importante de ansiedad de separación. Por lo que parece, el hecho de haber sido abandonada ha provocado que cada vez que nos vamos y la dejamos sola un par de horas, en su mente perruna ella está convencida de que no vamos a volver a ver nunca más. Y ese convencimiento la vuelve loca. Literalmente. 

La hemos dejado en una habitación grande y vacía del sótano, con sus juguetes, su cama, un hueso y calefacción, y casi echa la puerta abajo. Bueno, primero se la comió parcialmente y luego la echó abajo. Hemos probado a dejarla en la galería cubierta, la primera vez consiguió abrir el cubo del reciclaje y comerse una cantidad de plástico que casi me mata del susto, y la segunda (el reciclaje sabiamente cambiado de sitio) casi consigue destrozar una mosquitera y tirarse por la ventana. Todo ello en las dos horas que pasamos en el cine. Cambio de estrategia: la dejamos fuera, en el enorme cercado con caseta que le construyó Monsieur M. en el jardín este verano. El cercado la estresa menos, pero consiguió romper la tela metálica de la puerta (destrozándose las uñas y las patas en el proceso) y escaparse al jardín. La pobre es tan obediente que, una vez libre, respetó pese a todo la prohibición de no salir de los límites del terreno y nos esperó pacientemente en el porche. Cercado, toma dos: la Chica demostró sus habilidades de equilibrista, se subió al tejadillo de su caseta y consiguió saltar la valla. Arañándose la barriga en el proceso, pobre mía. Me la encontré errando por el caminillo de bajada a casa, cuando, ya de noche, salió al encuentro del coche muy asustada. Abrí la puerta del copiloto y cuando saltó al asiento a mi lado y empezó a comerme a besos me dio una llorera que no pude aparcar durante unos minutos. La idea de que lo pase mal hasta ese punto me rompe el corazón. Y el miedo de que pueda hacerse daño. Ahora el cercado está prácticamente blindado y a prueba de fugas, pero con días a temperaturas de veintitrés bajo cero no podemos dejarla fuera durante un par de horas. Los perros también se congelan. Monsieur empieza a estar un poco desanimado de reparchetear puertas y cercados, y dice que por qué la próxima vez que tengamos que irnos sin ella no le dejamos la tarjeta de crédito y las llaves de casa para que entre y salga cuando quiera, que le va a dar menos trabajo.

Resultado: la Chica nos acompaña a todas partes. Es eso, o atiborrarla a calmantes y dejarla en casa. Por el momento es muy joven e intentamos enseñarle lo de «Di no a las drogas». Así que viene con nosotros a Costco, al banco, a la oficina de correos y a las invitaciones a cenar. Menos mal que es muy educada y se sienta muy formal en las casas ajenas. Eso sí, vigilándonos durante toda la cena, no vaya a ser una estrategia para abandonarla allí.

Entrenamiento gradual, diréis. Ya. Lo hemos probado. La Chica no tiene ningún problema con estar tranquilita royendo un hueso encerrada en cualquiera de esos sitios, la galería, el sótano, el cercado. Cuando estamos en casa podemos salir al jardín y dejarla sola con libre acceso a toda la casa y no sube al piso de arriba, no toca el sofá ni la comida en el mostrador de la cocina, se comporta como un angelito peludo. Porque sabe que estamos por ahí cerca. Ella no quiere escaparse de casa, no es tonta, sabe que está muy bien en Muffin Manor. La prueba es que cuando se fuga de todos esos sitios no se va. Ella lo que quiere es estar con nosotros. 

¿Qué cuál es la relación de esta historia de evasiones perrunas y mi Gran Evasión soñada? Pues la perspectiva, chicos. Sorprendente cómo un perro puede ponerte las cosas en perspectiva. La Chica tiene sus prioridades, y la primera de la lista parece ser estar con la gente a la que quiere. Porque no sabe si será la última vez que volverá a verlos. Algo en lo que pensar cuando esas cenas familiares en Navidades os den una pereza horrible. 

Para ponernos un poco en el espíritu navideño y hacer un dulce clásico para regalar a los colegas del trabajo, por ejemplo, aquí va mi última obsesión: los biscotti. Receta tradicional italiana que recibe ese nombre porque se hornea dos veces, los biscotti son muy agradecidos: se conservan largo tiempo, contienen muy poca grasa y azúcar, se pueden aromatizar a muchas cosas y son fabulosos untados en un cafecito. Bueno, en realidad, untarlos en el café es obligatorio si no queréis romperos un diente al comerlos. Quizá sea por eso mi obsesión con estos dulces tradicionales: últimamente carburo a café. 

Aquí os dejo la receta y unas fotos de la Chica y los paisajes que rodean Muffin Manor. Un abrazo y tapaos bien por las noches :-).

 BISCOTTI DE AVELLANAS Y CHOCOLATE

INGREDIENTES
  • 1 taza de avellanas (también pueden ser almendras) peladas
  • 1/4 taza de pepitas de chocolate o de un buen chocolate cortado en pedacitos
  • 2/3 de taza de azúcar blanco
  • 2 huevos
  • 1 cucharadita de café (1/2 de té) de extracto de vainilla o de almendra (si hacéis la versión con almendras)
  • 1 cucharadita de café (1/2 de té) de Gianduia, Frangélico (si utilizáis avellanas) o de Amaretto (si los biscotti son de almendra)
  • 1 cucharada de té de levadura en polvo (tipo Royal)
  • 1/4 de cucharada de té de sal 
  • 1 taza y 3/4 de harina integral 
 ELABORACIÓN

Precalentar el horno a 180º. Tostar las avellanas (o las almendras) en una bandeja durante unos 8 a 10 minutos, hasta que empiecen a soltar aroma y estén ligeramente doradas. Picar en mitades. Reservar. 
Batir los huevos y el azúcar vigorosamente con unas varillas, hasta que blanqueen y espesen (unos 5 minutos). Cuando levantéis las varillas, la mezcla debería formar «churretes». Añadir el extracto de vainilla y el licor y batir bien. 

En un bol aparte, mezclar la harina, la sal y la levadura. Añadir los ingredientes secos a la mezcla de huevo y azúcar y mezclar hasta que desaparezca la harina. Incorporar las avellanas y el chocolate. Amasar todo dentro del bol, si la masa es demasiado líquida, podéis añadir un poco de harina, pero hacedlo gradualmente y añadid sólo la necesaria para poder sacar la masa del bol y trabajarla en la encimera. Darle la forma de medio «tronco», una media luna bastante aplastada. Unos 30 cm. de largo y unos 6 de ancho, pero... ¿quién demonios piensa en medir cuando amasa? 

Hornear unos 25 minutos en una bandeja de aluminio de las de hacer galletas previamente aceitada, hasta que los bordes estén ligeramente dorados y la masa empiece a ponerse firme. Sacar del horno y dejar enfriar en la bandeja encima de una rejilla. Bajar la temperatura del horno a 165º.

Pasar la masa con mucho cuidado a una tabla de cortar, y cortarla en rebanadas de un centímetro más o menos. Si la masa se rompe mucho, esperad a que se enfríe un poco más. Si no utilizáis chocolate la masa se cortará más fácilmente.

Colocar los biscotti de nuevo en la bandeja, y hornear unos 10 a 15 minutos. Darles la vuelta. Hornear unos 10 a 15 minutos más o hasta que estén dorados. El tiempo puede variar dependiendo de si habéis utilizado chocolate o no, y de la cantidad de harina que hayáis añadido durante el amasado. Sacar del horno, dejar enfriar y guardar en una lata hermética. Se conservan estupendamente durante más de dos semanas. Si son para regalar, podéis atar varios con un lazo o un cordel rojo, y presentarlos con un paquete de buen café. La versión de chocolate y pistacho que aparece en las fotos podéis encontrarla aquí, aunque sin mi toque saludable.


sábado, 9 de noviembre de 2013

Zenitud

En Quebec no se sale tanto de bares como en España (bueno, sospecho que, en los tiempos que corren, en España ya no se sale tanto como en España). Sí, hay bares, pero no tienen ese papel social de sala de asambleas-anexo al salón de casa-discoteca-guardería-restaurante. Son sitios en los que se bebe alcohol. Y punto. No se permite la entrada a los niños, y si uno quiere un café, o comer algo, tiene que irse a una cafetería (que aquí se llaman café). 

Lo del clima probablemente es uno de los motivos por los que la vida social transcurre bastante en casa. Los jóvenes salen y son tan juerguistas como los de cualquier otro país, en los bares se liga como en los de cualquier otro país, pero una vez que una ha pasado los treinta y cinco, se ha emparejado y ha contraído una hipoteca , una noche de noviembre a cinco bajo cero tendrían que arrastrarme atada a un par de caballos salvajes para hacerme salir, no de casa, sino simplemente del pijama. 

Así que se invita a los amigos y familia a cenar, y ellos te invitan, y uno puede tener una vida social al calor de la chimenea y en zapatillas de peluche. Esto sí que es un país civilizado. 

Por eso esta noche vienen a cenar Flaming-Hot-Sister-In-Law, de la que os hablé hace milenios, y que tras dos intentos fallidos empieza a desesperar de que exista un hombre para ella, y la Walkyria, de la que quizá no os he hablado aún. La Walkyria es la hija de Monsieur M. (sí, soy una malvada madrastra), un metro ochenta y ocho centímetros de mujer, con unas piernas que le empiezan a la altura de las axilas, un busto que mucha gente envidia lo bastante como para pagarse uno igual a plazos, una cara de modelo de lencería y un carácter extrañamente idéntico al de su padre, salvo por lo de la zenitud y lo de eliminar el apego (ella es bastante zapatoadicta). Vamos, como un camionero con la pinta de una portada del Sports Illustrated. Le gustan cosas como conducir excavadoras y quads, jura como un carretero borracho, suelta unos eructos más sonoros que los de su padre y lleva unas uñas y pestañas postizas que hacen que el contraste sea aún más sorprendente. La Walkyria afirma que no encuentra un novio que le dure porque los tíos de su edad son todos unos inmaduros, yo no dudo de su criterio, pero creo que probablemente cualquier tío debe de tener serias dificultades para mantener una erección junto a una amazona semejante. Creo que los aterroriza. Yo cuando sea mayor quiero ser como ella, pero ya empieza a hacérseme tarde. Me sobran años y me faltan centímetros. Muchos. 

El caso es que esta noche tenemos invitadas con sólidos apetitos estimulados por los desengaños amorosos, y yo tengo una pila de redacciones por corregir, de mp3 de mis alumnos por escuchar y otras cosas varias que me obligan a decirle al Ejecutor (Monsieur M.) que va a tener que ponerse las mallas de superhéroe y esta cena va a tener que currársela él solito. 

Esta mañana, a unas horas del evento, lo veo tranquilo, tomándose el segundo cafecito y leyendo el periódico en el mostrador de la cocina y le pregunto ante la puerta abierta de nuestro semidesértico frigorífico, sospechosa: 
-«¿Qué vamos a cenar esta noche?» 
Monsieur M.: -«Pollo.»
Esposa Trabajadora: -«Ah. ¿Y qué más?»
Monsieur M., tomando otro sorbito de café, sin levantar la vista del periódico: -«Pollo.»

Rectifico: en mi próxima vida no quiero ser la Walkyria, quiero ser hombre.