sábado, 11 de julio de 2015

¿El día de la marmota?¡No! ¡Temporada de conejos! (¿O era de patos?)

¿Por dónde empiezo? Por el culebrón. El culebrón no es una historia en tres mil capítulos protagonizada por Rosario María de la Encarnación, (ya sabéis que tengo problemas para encontrar tiempo para terminar mis historias por entregas), el culebrón es literalmente un culebrón de algo más de un metro que me encontré hace un par de semanas tomando el sol a diez centímetros de mi pie derecho, mientras me tomaba mi relaxing cup de cafelito con leche matinal sentada en el primer escalón del porche de Muffin Manor. Ni que decir tiene que el cafelito me pareció mucho menos relajante después de descubrir el tamaño que pueden alcanzar los reptiles en este país nórdico.

El culebrón tuvo varios capítulos tras el episodio piloto, que fue recibido con grandes alaridos del público pero con críticas bastante negativas. Ahora debe de andar debajo del porche, reproduciéndose con fruición.

Mejor empiezo por el cumpleaños de Violeta. Hoy es el cumpleaños de Violeta (bueno, para ella ya no, pero en horario canadiense aún lo es). Iba a decir que Violeta es mi mejor amiga, pero eso suena un poco ingrato para con otras/os mejores amigas/os que tengo a los que también quiero mucho. Digamos que Violeta y yo nos conocemos hace la friolera de veintiocho años, y que la antigüedad cuenta porque todos mis amigos están sindicados y yo respeto la convención colectiva. Así que aunque con los años Violeta y yo hemos cambiado mucho (ambas para mejor, creo), ella aún conserva lo suficiente de la Violeta original para que yo siga fiel a las actualizaciones, o, al contrario, las actualizaciones me gustan tanto que mantengo la suscripción. Recuerdo que cuando la conocí ambas teníamos quince años y ella había leído a Mishima. Y que yo pensé que si no se suicidaba igual podríamos ser buenas amigas.

Pensándolo mejor, creo que voy a hablaros de la marmota. Este año, y pese a todo lo que nos ha caído (y no, no hablo de la crisis, aunque en mi trabajo en la universidad nos hayamos visto afectados por recortes), (y no, tampoco hablo del clima, porque aquí los cambios de temperatura cataclísmicos son de lo más normal) nos las hemos arreglado para plantar de nuevo un huerto. Con mimo y paciencia planté las semillitas de mis tomateras en abril, dentro de casa, porque aún quedaba nieve fuera. Con cuidado infinito las transplantó en el jardín Monsieur M. Con cariño y abnegación plantamos acelgas, vainas, berza, guisantes, lechugas. Con gula, nocturnidad y alevosía vino Doña Marmota (o una pariente cercana, aquí hay muchas) a zamparse los brotes tiernos de todo lo mencionado, y a coronarlos con unos arándanos y unas fresas de postre. Acto seguido se hizo una madriguera bajo el cenador, con vistas a la huerta (por la cosa de ir siguiendo de cerca la evolución de la cena), con tres salidas. Una combinación de una linterna encendida dentro de la madriguera, una radio en la peor cadena de FM de Quebec día y noche (Justin Bieber es un arma de destrucción masiva), la Chica insertando el cabezón alternativamente en las tres salidas del agujero y otros métodos disuasivos indignos (pero no sangrientos) hicieron que la marmota decidiera mudarse.

A pesar de que ésta no es la primera invasión de marmota que he vivido, y de que las estaciones tan marcadas de Quebec se suceden con rituales que se repiten (palear nieve, plantar calabacines, decorar calabazas), no vivo el día de la marmota una y otra vez. Ni siquiera cuando nos anunciaron que todos esos problemas de salud que habían fastidiado tanto a Monsieur M. durante el otoño pasado y el invierno de este año resultaron ser un linfoma. Sí recuerdo haber pensado: -«Joder, cáncer otra vez», pero el tiempo ha demostrado que vivir un cáncer en carnes propias y acompañar a alguien que lo vive, es muy diferente. Acompañar es infinitamente más jodido. Cuando el que lo sufres eres tú, te dices que las cosas no van tan mal, estás acostumbrado a vivir en tu cuerpo, ciertamente si te estuvieras muriendo te darías cuenta, ¿no? Cuando acompañas a alguien, toda la información que obtienes es de segunda mano. Y cuando le duele a otro, no sabes qué hacer. Mientras te duele a ti te mantienes ocupado. Por el momento es Monsieur M. el que se mantiene ocupado con sus ciclos de quimio, sus pastillas, sus escáners, sus oncólogos, su zenitud irritante e irreductible (bendita sea), sus libros del Dalai Lama y de cómo construir armarios. También lee sobre métodos no violentos para ahuyentar marmotas. Me comentó algo sobre que la orina humana les huele a depredador y puede ser una manera ecológica de espantarlas, pero con todo lo que le están chutando en el cuerpo entre la quimio y los contrastes radioactivos, le dije que de ecológico nada, y que si se meaba en los tomates éstos terminarán brillando en la oscuridad. Decidió abstenerse.

Lo de la marmota me lleva a contaros que en el sexto pino en el que vivo, aparte de ciervos, alces, gansos salvajes, zorros, mapaches, ardillas, mosquitos, culebrones y marmotas, también hay liebres salvajes y conejos. Los conejos no son salvajes, son de una vecina que tiene una guardería en casa y ha decidido expandirla en zoo, porque total como ya tiene a su cuidado varias fieras salvajes en pantaloncitos cortos y Crocs, algunos animales más no son un problema. Para ella. Para nosotros empiezan a serlo. Hay un conejo blanco y negro particularmente caradura que ha cogido la costumbre de venir a nuestro jardín, mirar desafiante a la Chica, que, atada, quiere arrancarle la cabeza amorosamente, y zamparse metódicamente todas las zanahorias (es un clásico, este conejo), los rábanos, las lechugas y las pocas fresas que nos dejó la marmota.  Esta mañana una amiga estaba de visita y, tras contarle la historia, se ha acercado al conejo, que parece bastante acostumbrado a la gente (claro, cuando no está saqueando mi huerto vive en una guardería), lo ha acariciado con amabilidad (el conejo se dejaba de buen grado) y cuando ha querido cogerlo en brazos para llevárselo de nuevo a su dueña, Bugs le ha mordido la mano con todas sus ganas. Yo estaba ahí, en el jardín, sujetando a la Chica con toda la convicción no violenta de mi casi vegetarianismo, cuando he visto con mis propios ojos el Ataque del Conejo Psicópata. Hoy he perdido mi inocencia. Yo pensaba que los conejos eran seres suaves, timoratos, peluchosos, herbívoros. No agresivos maníacos con ojos rojos desorbitados. Mientras mi amiga se desinfectaba la mano y yo llamaba al ambulatorio para preguntar si tenía que ir a darse alguna vacuna, mi buen humor un poco desplazado ha hecho que varias veces explotara de risa cuando explicaba a la enfermera por teléfono que «a mi amiga le ha mordido un conejo no vacunado».Lo del buen humor era más que nada porque Monsieur M. me ha anunciado que su escáner a mitad del tratamiento muestra que está en remisión, sus ganglios relucientes y libres de cáncer al 95%. Aún le quedan tres ciclos de quimio por terminar y bastante anemia residual, pero le he dicho que de eso me ocupo yo: esta noche estofado de conejo para cenar.


jueves, 12 de marzo de 2015

Los 10 últimos años de mi vida en 30 búsquedas Google



«Cómo escribir una tesina sin morir en el intento»

«Cáncer de mama pronóstico»

«Google, ¿qué pasa si te mueres y no crees en la vida después de la muerte?»

«Lingûística salidas laborales»

«Cómo hacer que mi gata me quiera»

«Cómo librarse de una marmota sin matarla»

«Marmotas, ¿qué comen?»

«Cómo domesticar marmotas + marmotas amigas»

«Cómo reparar paredes con escayola»

«Escayolistas baratos Montreal»

«Cómo cortarte el flequillo»

«Cómo cortarte el pelo a capas tú misma»

«Peluquerías Montreal»

«Drogas legales para docentes»

«Cómo hacer tu propia Nutella»

«Cómo exterminar + matar + erradicar + desintegrar ciempiés repugnantes descomunales y peludos»

«Trucos para organizar mudanzas»

«Cómo mudarse sin divorciarse»

«Cómo ocultar el cadáver de tu marido»

«Google imágenes: excrementos de oso»

«Google imágenes: excrementos de alce»

«Google imágenes: de qué bicho es esta mierda inmensa»

«Veterinarios de urgencias Laurentides»

«Protectoras de animales Laurentides»

«Recetas galletas para perro»

«¿Es malo el calabacín para un perro?»

«¿Es malo un calcetín de lana + la mitad de una zapatilla + el asa de un bolso para un perro?»

«Síntomas de ataque al corazón»

«Cómo llevar por la fuerza al hospital a un hombretón inmenso»

«Recetas de donuts»




viernes, 31 de octubre de 2014

Misterio



- «Parece que se mudó al sexto pino y nunca se volvió a saber de ella... ya no actualiza el blog. Debe de andar poniendo cepos a los castores y untándose la cara con barro. Y ya no cocina. Come todo crudo y sin desollar. Rollo Apocalypse Now, pero en nórdico.»

- «¿Se la habrá comido un oso? O peor, ¿se habrá hecho del PP en la distancia, y se habrá montado una secta satánica en aquellos bosques canadienses?»

- «Igual se ha muerto. Mira que alguna intentona fallida ya hizo.»

- «Te apuesto a que le ha dado un infarto cerebral, y ahora la pobre está en terapia reeducativa, y lo único que puede escribir es GGGDDFZZZXWWWGGJJJRR...»

- «O probablemente cocina cuando puede y le sale del arco del triunfo, engulle las cosas sin fotografiarlas previamente, corrige y prepara clases y saca a pasear a la Chica y trabaja como una bestia en general, y ha decidido minimizar -por el momento- toda actividad que no sirva para: a) ponerse ropa limpia b) comer c) pagar las facturas.»

- «La muy perra. Y nos deja así.»

- «Ya.»

martes, 18 de marzo de 2014

Ya, ya

...sé que me echáis de menos, chiquitines. Para entreteneros la espera hasta que lleguen meses más cálidos y livianos, sabed que también ando por Instagram, documentando la vida en el sexto pino con cutrefotos de teléfono, que es lo único que me da tiempo a hacer entre pila y pila de exámenes por corregir. Así podéis chafardear, cotillas míos. Que sé que os gusta.


miércoles, 29 de enero de 2014

Profesoras enmascaradas

...a todos los que escribís amablemente diciendo que echáis de menos leerme más a menudo, tenéis dos alternativas:
1. pagarme un sueldo a escote para que me gane la vida escribiendo, o
2. leer mis tonterías profesorales en Facebook, en "Profesoras enmascaradas", la página de terapia colectiva nada políticamente correcta para profesoras de ELE para adultos (las profesoras son para adultos, no la página... eso también suena mal) y para universitarios, que no siempre son exactamente lo mismo que adultos :-). O para profesores, punto. Donde se dice todo eso que no les decimos a los alumnos.

No es lo mismo que las recetas, no. Engorda menos. Pero desahoga más.



miércoles, 15 de enero de 2014

Elige tu propia aventura: elegía de una cuarentona

 (Imagen de Anne Tayntor)

«Dentro de cada persona vieja hay una joven que se pregunta qué demonios ha pasado.»

Tengo cuarenta y un años, y empiezo a sentirme vieja. Francamente, me parece un poco pronto. No sé muy bien cuánto hay de objetivo en este sentimiento mío de vejez, teniendo en cuenta que mi cara aún está razonablemente lisa (salvo por las patas de gallo más que incipientes, y esas las he merecido a fuerza de reírme, así que creo que han valido el precio), aún soy capaz de entrar en ropa que no tiene aspecto de una tienda de campaña de seis plazas, y en general me siento cómoda con la novedad y la gente más joven que yo. Quizá sea esta fatiga crónica mía, o la crisis de los cuarenta, o que estoy escribiendo este post al amanecer gélido de Quebec y a estas horas el sentido del humor aún no se me ha despertado (por eso NUNCA escribo a estas horas, para que no me tiente ponerme seria y hacer el consiguiente ridículo espantoso). El caso es que me siento, si no vieja, menos joven que antes.

Son los pequeños detalles los que me recuerdan que soy cada vez menos joven: los hombres que antes me miraban discretamente en el metro y hasta me dirigían una sonrisa, ahora miran a chicas de la edad de mis estudiantes. Creo que esa parte en concreto del envejecimiento no me pesa mucho: una de las cosas que tenemos que aprender las mujeres para sobrevivir y ser razonablemente felices es a no medir nuestra valía a través de los ojos de otros. Pero eso no quita que un piropo bien lanzado solía levantar la autoestima de buena mañana. Si tan sólo pudiéramos tener la autoestima alta en la misma época de la vida en la que se tienen los pechos y los glúteos altos... qué mujeres seríamos, señores. Pero no. La vida funciona como una polea: cuando los unos bajan, la otra sube. Para equilibrar, imagino. 

Otra de las cosas que contribuye a esta sensación, aparte de trabajar con gente de veinte tacos que puede ingerir cantidades asombrosas de grasa saturada y azúcar ante mis ojos y embutirse en unos vaqueros pitillo de talla negativa, es que cada vez más a menudo empiezo a tener esa impresión de déjà vu. La atribuyo a que de vez en cuando hay cosas (olores, sabores o canciones, sobre todo) que extraen recuerdos de las profundidades del disco duro, memorias que no recordabas guardar ahí, cuidadosamente dobladas y envueltas en papel de seda. Cuando empiezas a ser consciente de la gran cantidad de recuerdos que conservas así, es cuando empiezan a servir de unidad de medida de lo vivido. Que empieza a ser bastante. Y ya ni os cuento si empiezas a ver morir a gente que quieres. El reloj comienza definitivamente a imponer su tictac, tictac. Hoy ha muerto Juan Gelman, uno de mis poetas preferidos de antaño. Bueno, ya. Acabo de rozar mi límite personal: nunca hablo de la muerte antes de las ocho de la mañana. Y sin haber tomado un café.

Todo esto viene a que el otro día andaba yo medio trabajando medio leyendo tonterías en facebook, ese gran invento para perder el tiempo sin hacer nada interesante como escribir, salir al mundo exterior o prestar atención a la gente que te rodea, cuando una canción de los ochenta que compartió una amiga hizo que una de esas cajas de recuerdos se abriera con un «¡pop!» repentino. Lo peor es que el recuerdo en sí es lamentablemente corto y en su mayor parte difuso, salvo alguna imagen sorprendentemente nítida. Como ya es bastante que esté escribiendo un post sin ni siquiera una receta para justificar este empeño mío en pensar que lo que lanzo al ciberespacio puede sentarle bien a alguien, encima no voy a aturdiros con recuerdos de mis años mozos.

Sólo diré, pues, que este recuerdo en concreto tenía guardada en el papel de seda la cara de un chico de diecinueve o veinte años, de pelo castaño, anchos hombros y un cuerpo curiosamente adulto para una cara tan joven, para un par de ojos tan limpios y aún no cargados de historias. Mi yo de veinte años volvía de una de sus innumerables noches de juerga, tarde, cuando tarde empieza a ser pronto, y en ese recuerdo aún huelo la humedad del aire de antes de despuntar el día, las hojas mojadas de los árboles del parque, siento el frío penetrando la ropa insuficiente, el sueño que me pesa en los párpados, la sorpresa del encuentro con este chico con el que ha habido más desencuentros que reuniones, no por nada en especial, sino porque hay gente con la que quisieras pasar más tiempo y sólo aparecen en tu vida así, de pasada, en estaciones de autobús, en colas de secretaría, en finales de noche de fiesta. El encuentro siempre es fugaz y siempre lleno de posibilidades, los dos lo dejan pasar y se dicen que están destinados a encontrarse de nuevo otra vez.  Tienen la certitud esa tan joven de disponer de todo el tiempo del mundo. Así que tu yo de veinte años habla con él, los dos pares de ojos enlazados, la distancia cautelosa, tu yo de entonces dice algo que quiere ser inteligente y divertido a la vez, mirando su boca, sus ojos, su boca. Esa veinteañera que era yo no dudaba en lanzarse y arrepentirse de lo vivido, en lugar de arrepentirse de no haberlo intentado. Pero no entonces. No esa noche. No con él. Él parece andar en el mismo debate interno. Y los dos se besan prudentemente en las mejillas, y se despiden sin saber que no volverán a verse hasta veinte años más tarde.

¿Qué tiene que ver este recuerdo con el sentirse vieja? Supongo que es porque no creo en el destino. Me inclino al ateísmo, no creo en ningún tipo de designio superior que haya trazado de antemano nuestros caminos. Nuestros caminos los vamos trazando nosotros, como podemos, aunque, en su mayor parte, la vida es una caótica suma de azares. Pensar que controlamos nuestro destino es uno de los absurdos que nos han enseñado y que tenemos que desaprender cuando crecemos. Elegimos algunas cosas, cierto. Como uno de esos libros de «elige tu propia aventura», cada giro en el camino, cada tangente que tomamos nos obliga a renunciar a otros caminos posibles. Estamos eligiendo el final de la historia que nos apetece vivir en ese momento, pero no estamos viviendo muchos otros finales dispares. Firmemente convencida de que la nostalgia es un lastre, una vez elegido el camino no suelo mirar atrás. A fuerza de conducir mirando sólo al retrovisor uno puede terminar empotrado en un árbol. Debe de ser, pues, la edad, la que hace que ahora de vez en cuando eche un vistazo atrás. No muy largo, sólo una ojeada a lo que podría haber sido. Eso es envejecer (¿madurar?) para mí: no es la falta de posibilidades de vivir una vida diferente, es empezar a contar todas las vidas que has ido dejando atrás y asombrarte del número. Y cuando te gusta escribir, la ventaja es que durante el momento que dura la ficción puedes elegir otro final a tu historia, el final en el que te pones de puntillas y le plantas un beso al chico de la mirada brillante. O en el que, cuando lo encuentras veinte años después, unas cuantas penas y aventuras más tarde, cuando ya no es un chico sino un hombre, en lugar de trabar de nuevo la mirada en la suya, en el mismo parque, y limitarte a abrazarlo un poco más fuerte que lo meramente amistoso, tomas otro desvío, eliges un final alternativo. No necesariamente mejor que el que vives ahora, sólo diferente. Porque cuando seas (más) viejo, recordarás los besos que no has dado más que algunos que diste.

Y como decía el gran Gelman, «Sefiní»:   

Basta 
por esta noche 
cierro la puerta 
me pongo el saco 
guardo los papelitos
donde no hago sino hablar de ti 
mentir sobre tu paradero 
cuerpo que me has de temblar

martes, 24 de diciembre de 2013

Felices Fiestas

A esa familia de lectores y lectoras que hacéis que mantenga este blog abierto contra viento y marea porque sois un poco como mi Santa Madre: estáis lejos, pero no me olvidáis y siempre esperáis algo bueno de mi parte. Un abrazo fuerte y un Año Nuevo lo más feliz posible para vosotros y toda la gente a la que queréis. 

(Advertencia: esta foto de la Chica ha sido producida libre de todo maltrato animal, pero con una cantidad escandalosa de galletitas para recompensar esa pose llena de paciencia que parece decir: -«Eehm, ¿esto era REALMENTE necesario?»)