martes, 18 de marzo de 2014

Ya, ya

...sé que me echáis de menos, chiquitines. Para entreteneros la espera hasta que lleguen meses más cálidos y livianos, sabed que también ando por Instagram, documentando la vida en el sexto pino con cutrefotos de teléfono, que es lo único que me da tiempo a hacer entre pila y pila de exámenes por corregir. Así podéis chafardear, cotillas míos. Que sé que os gusta.


miércoles, 29 de enero de 2014

Profesoras enmascaradas

...a todos los que escribís amablemente diciendo que echáis de menos leerme más a menudo, tenéis dos alternativas:
1. pagarme un sueldo a escote para que me gane la vida escribiendo, o
2. leer mis tonterías profesorales en Facebook, en "Profesoras enmascaradas", la página de terapia colectiva nada políticamente correcta para profesoras de ELE para adultos (las profesoras son para adultos, no la página... eso también suena mal) y para universitarios, que no siempre son exactamente lo mismo que adultos :-). O para profesores, punto. Donde se dice todo eso que no les decimos a los alumnos.

No es lo mismo que las recetas, no. Engorda menos. Pero desahoga más.



miércoles, 15 de enero de 2014

Elige tu propia aventura: elegía de una cuarentona

 (Imagen de Anne Tayntor)

«Dentro de cada persona vieja hay una joven que se pregunta qué demonios ha pasado.»

Tengo cuarenta y un años, y empiezo a sentirme vieja. Francamente, me parece un poco pronto. No sé muy bien cuánto hay de objetivo en este sentimiento mío de vejez, teniendo en cuenta que mi cara aún está razonablemente lisa (salvo por las patas de gallo más que incipientes, y esas las he merecido a fuerza de reírme, así que creo que han valido el precio), aún soy capaz de entrar en ropa que no tiene aspecto de una tienda de campaña de seis plazas, y en general me siento cómoda con la novedad y la gente más joven que yo. Quizá sea esta fatiga crónica mía, o la crisis de los cuarenta, o que estoy escribiendo este post al amanecer gélido de Quebec y a estas horas el sentido del humor aún no se me ha despertado (por eso NUNCA escribo a estas horas, para que no me tiente ponerme seria y hacer el consiguiente ridículo espantoso). El caso es que me siento, si no vieja, menos joven que antes.

Son los pequeños detalles los que me recuerdan que soy cada vez menos joven: los hombres que antes me miraban discretamente en el metro y hasta me dirigían una sonrisa, ahora miran a chicas de la edad de mis estudiantes. Creo que esa parte en concreto del envejecimiento no me pesa mucho: una de las cosas que tenemos que aprender las mujeres para sobrevivir y ser razonablemente felices es a no medir nuestra valía a través de los ojos de otros. Pero eso no quita que un piropo bien lanzado solía levantar la autoestima de buena mañana. Si tan sólo pudiéramos tener la autoestima alta en la misma época de la vida en la que se tienen los pechos y los glúteos altos... qué mujeres seríamos, señores. Pero no. La vida funciona como una polea: cuando los unos bajan, la otra sube. Para equilibrar, imagino. 

Otra de las cosas que contribuye a esta sensación, aparte de trabajar con gente de veinte tacos que puede ingerir cantidades asombrosas de grasa saturada y azúcar ante mis ojos y embutirse en unos vaqueros pitillo de talla negativa, es que cada vez más a menudo empiezo a tener esa impresión de déjà vu. La atribuyo a que de vez en cuando hay cosas (olores, sabores o canciones, sobre todo) que extraen recuerdos de las profundidades del disco duro, memorias que no recordabas guardar ahí, cuidadosamente dobladas y envueltas en papel de seda. Cuando empiezas a ser consciente de la gran cantidad de recuerdos que conservas así, es cuando empiezan a servir de unidad de medida de lo vivido. Que empieza a ser bastante. Y ya ni os cuento si empiezas a ver morir a gente que quieres. El reloj comienza definitivamente a imponer su tictac, tictac. Hoy ha muerto Juan Gelman, uno de mis poetas preferidos de antaño. Bueno, ya. Acabo de rozar mi límite personal: nunca hablo de la muerte antes de las ocho de la mañana. Y sin haber tomado un café.

Todo esto viene a que el otro día andaba yo medio trabajando medio leyendo tonterías en facebook, ese gran invento para perder el tiempo sin hacer nada interesante como escribir, salir al mundo exterior o prestar atención a la gente que te rodea, cuando una canción de los ochenta que compartió una amiga hizo que una de esas cajas de recuerdos se abriera con un «¡pop!» repentino. Lo peor es que el recuerdo en sí es lamentablemente corto y en su mayor parte difuso, salvo alguna imagen sorprendentemente nítida. Como ya es bastante que esté escribiendo un post sin ni siquiera una receta para justificar este empeño mío en pensar que lo que lanzo al ciberespacio puede sentarle bien a alguien, encima no voy a aturdiros con recuerdos de mis años mozos.

Sólo diré, pues, que este recuerdo en concreto tenía guardada en el papel de seda la cara de un chico de diecinueve o veinte años, de pelo castaño, anchos hombros y un cuerpo curiosamente adulto para una cara tan joven, para un par de ojos tan limpios y aún no cargados de historias. Mi yo de veinte años volvía de una de sus innumerables noches de juerga, tarde, cuando tarde empieza a ser pronto, y en ese recuerdo aún huelo la humedad del aire de antes de despuntar el día, las hojas mojadas de los árboles del parque, siento el frío penetrando la ropa insuficiente, el sueño que me pesa en los párpados, la sorpresa del encuentro con este chico con el que ha habido más desencuentros que reuniones, no por nada en especial, sino porque hay gente con la que quisieras pasar más tiempo y sólo aparecen en tu vida así, de pasada, en estaciones de autobús, en colas de secretaría, en finales de noche de fiesta. El encuentro siempre es fugaz y siempre lleno de posibilidades, los dos lo dejan pasar y se dicen que están destinados a encontrarse de nuevo otra vez.  Tienen la certitud esa tan joven de disponer de todo el tiempo del mundo. Así que tu yo de veinte años habla con él, los dos pares de ojos enlazados, la distancia cautelosa, tu yo de entonces dice algo que quiere ser inteligente y divertido a la vez, mirando su boca, sus ojos, su boca. Esa veinteañera que era yo no dudaba en lanzarse y arrepentirse de lo vivido, en lugar de arrepentirse de no haberlo intentado. Pero no entonces. No esa noche. No con él. Él parece andar en el mismo debate interno. Y los dos se besan prudentemente en las mejillas, y se despiden sin saber que no volverán a verse hasta veinte años más tarde.

¿Qué tiene que ver este recuerdo con el sentirse vieja? Supongo que es porque no creo en el destino. Me inclino al ateísmo, no creo en ningún tipo de designio superior que haya trazado de antemano nuestros caminos. Nuestros caminos los vamos trazando nosotros, como podemos, aunque, en su mayor parte, la vida es una caótica suma de azares. Pensar que controlamos nuestro destino es uno de los absurdos que nos han enseñado y que tenemos que desaprender cuando crecemos. Elegimos algunas cosas, cierto. Como uno de esos libros de «elige tu propia aventura», cada giro en el camino, cada tangente que tomamos nos obliga a renunciar a otros caminos posibles. Estamos eligiendo el final de la historia que nos apetece vivir en ese momento, pero no estamos viviendo muchos otros finales dispares. Firmemente convencida de que la nostalgia es un lastre, una vez elegido el camino no suelo mirar atrás. A fuerza de conducir mirando sólo al retrovisor uno puede terminar empotrado en un árbol. Debe de ser, pues, la edad, la que hace que ahora de vez en cuando eche un vistazo atrás. No muy largo, sólo una ojeada a lo que podría haber sido. Eso es envejecer (¿madurar?) para mí: no es la falta de posibilidades de vivir una vida diferente, es empezar a contar todas las vidas que has ido dejando atrás y asombrarte del número. Y cuando te gusta escribir, la ventaja es que durante el momento que dura la ficción puedes elegir otro final a tu historia, el final en el que te pones de puntillas y le plantas un beso al chico de la mirada brillante. O en el que, cuando lo encuentras veinte años después, unas cuantas penas y aventuras más tarde, cuando ya no es un chico sino un hombre, en lugar de trabar de nuevo la mirada en la suya, en el mismo parque, y limitarte a abrazarlo un poco más fuerte que lo meramente amistoso, tomas otro desvío, eliges un final alternativo. No necesariamente mejor que el que vives ahora, sólo diferente. Porque cuando seas (más) viejo, recordarás los besos que no has dado más que algunos que diste.

Y como decía el gran Gelman, «Sefiní»:   

Basta 
por esta noche 
cierro la puerta 
me pongo el saco 
guardo los papelitos
donde no hago sino hablar de ti 
mentir sobre tu paradero 
cuerpo que me has de temblar

martes, 24 de diciembre de 2013

Felices Fiestas

A esa familia de lectores y lectoras que hacéis que mantenga este blog abierto contra viento y marea porque sois un poco como mi Santa Madre: estáis lejos, pero no me olvidáis y siempre esperáis algo bueno de mi parte. Un abrazo fuerte y un Año Nuevo lo más feliz posible para vosotros y toda la gente a la que queréis. 

(Advertencia: esta foto de la Chica ha sido producida libre de todo maltrato animal, pero con una cantidad escandalosa de galletitas para recompensar esa pose llena de paciencia que parece decir: -«Eehm, ¿esto era REALMENTE necesario?»)


domingo, 22 de diciembre de 2013

La Gran Evasión: biscotti de avellanas y chocolate

Cuando miro atrás me doy cuenta de que una de las cosas que más ha cambiado con los años (y probablemente con el cáncer) es mi nivel de energía. Recuerdo que durante toda la veintena y la treintena tenía la energía suficiente para alimentar en electricidad a una ciudad -pequeña- de provincias. Hoy no creo que llegara a encender el tostador. Por eso tengo el blog un poco abandonado, porque trabajar con el sudor de mi frente y vivir (comer, ducharme, ir al súper, sacar a la perra) terminan con todas las reservas. Y no me quedan para escribir. Estoy muy ocupada durmiendo: en el sofá, en la cama, en el tren, en las conferencias, en los funerales... el número de capítulos de series que he dormido últimamente es incontable. Mi especialidad es dormirme en los policiacos, cuando el inspector por fin va a contarnos quién demonios es el asesino. 

Pero no me quejo, estoy cansada, pero viva. Y tengo trabajo. Lo único que constato es que este cansancio crónico afecta a mi antaño irritante espíritu navideño. Cuando llegan las fiestas la huída se me antoja cada vez más atractiva. Hasta escribí un cuento sobre eso. Especialmente cuando nos toca a nosotros acoger a toda la horda familiar, fantaseo con comprarme un billete de última hora a Cayo Coco, a Pittsburgh, a Santa Cruz de Tenerife, a Saskatoon, adonde sea. Y pasar las fiestas durmiendo en un hotel. Un poco triste, lo sé. En mis fantasías más ocultas lo llamo La Gran Evasión (así, con mayúsculas), pero en mi imaginación prescindo totalmente de Steve McQueen. Me avergüenza decir que a veces prescindo incluso de Monsieur M. De lo que no prescindo es de una pila de novelas de crímenes, unas tabletas de Lindt y mis peores-mejores pijamas de franela. Probablemente si se materializara, esta fantasía sería bastante deprimente y perdería encanto en los primeros quince minutos. Pero cuando tengo el antebrazo hundido en el trasero de un pavo y mientras lo relleno espero a que lleguen las masas de sobrinos, cuñadas, niños de los sobrinos y novios borrachuzos de las cuñadas, hay ratos en los que practico la visualización positiva y me visualizo roncando bajo un edredón. Cada uno sobrevive como puede. Mi técnica es hibernar.

O lo era hasta que llegó la Chica. A la Chica le da igual que tenga sueño, un pavo por rellenar, clases por preparar y pilas de exámenes por corregir. Cuando es hora de pasear, es hora de pasear. Con medio de metro de nieve, con viento huracanado, con lluvia. Y cuando es hora de jugar, se me echa encima con sus treinta y tantos kilazos y me avasalla sistemáticamente hasta que cedo y juego. Desde que ha empezado a nevar (y aquí en Quebec llevamos cubiertos de un glaseado helado desde hace un mes), me he dado cuenta de que la Chica adora el invierno: salta en la nieve, se revuelca en ella, se la come a grandes bocados, mete la cabeza en ella hasta las orejas. El mundo es un gigantesco sorbete. Este ser peludo parece tener toda la energía y el entusiasmo que a mí me faltan. Menos mal que son contagiosos.

La Chica está resultando ser mejor alumna que algunos de mis estudiantes: mis esfuerzos pedagógicos combinados con galletitas han dado como resultado que ahora la perra da la pata, se sienta, se levanta, se acuesta, gira sobre sí misma a ritmo de salsa, recoge cosas del suelo y nos las trae, no roba comida, no se come zapatos ni bolsos, no muerde a las visitas, no se hace pis en casa sino que llama a la puerta con una campanilla para anunciar que necesita salir al jardín, respeta rigurosamente la prohibición de dormir en el sofá y subir al piso de arriba y masticar a Julieta... en suma, es el perro modelo. Salvo por un pequeño detalle: la Chica presenta un caso bastante importante de ansiedad de separación. Por lo que parece, el hecho de haber sido abandonada ha provocado que cada vez que nos vamos y la dejamos sola un par de horas, en su mente perruna ella está convencida de que no vamos a volver a ver nunca más. Y ese convencimiento la vuelve loca. Literalmente. 

La hemos dejado en una habitación grande y vacía del sótano, con sus juguetes, su cama, un hueso y calefacción, y casi echa la puerta abajo. Bueno, primero se la comió parcialmente y luego la echó abajo. Hemos probado a dejarla en la galería cubierta, la primera vez consiguió abrir el cubo del reciclaje y comerse una cantidad de plástico que casi me mata del susto, y la segunda (el reciclaje sabiamente cambiado de sitio) casi consigue destrozar una mosquitera y tirarse por la ventana. Todo ello en las dos horas que pasamos en el cine. Cambio de estrategia: la dejamos fuera, en el enorme cercado con caseta que le construyó Monsieur M. en el jardín este verano. El cercado la estresa menos, pero consiguió romper la tela metálica de la puerta (destrozándose las uñas y las patas en el proceso) y escaparse al jardín. La pobre es tan obediente que, una vez libre, respetó pese a todo la prohibición de no salir de los límites del terreno y nos esperó pacientemente en el porche. Cercado, toma dos: la Chica demostró sus habilidades de equilibrista, se subió al tejadillo de su caseta y consiguió saltar la valla. Arañándose la barriga en el proceso, pobre mía. Me la encontré errando por el caminillo de bajada a casa, cuando, ya de noche, salió al encuentro del coche muy asustada. Abrí la puerta del copiloto y cuando saltó al asiento a mi lado y empezó a comerme a besos me dio una llorera que no pude aparcar durante unos minutos. La idea de que lo pase mal hasta ese punto me rompe el corazón. Y el miedo de que pueda hacerse daño. Ahora el cercado está prácticamente blindado y a prueba de fugas, pero con días a temperaturas de veintitrés bajo cero no podemos dejarla fuera durante un par de horas. Los perros también se congelan. Monsieur empieza a estar un poco desanimado de reparchetear puertas y cercados, y dice que por qué la próxima vez que tengamos que irnos sin ella no le dejamos la tarjeta de crédito y las llaves de casa para que entre y salga cuando quiera, que le va a dar menos trabajo.

Resultado: la Chica nos acompaña a todas partes. Es eso, o atiborrarla a calmantes y dejarla en casa. Por el momento es muy joven e intentamos enseñarle lo de «Di no a las drogas». Así que viene con nosotros a Costco, al banco, a la oficina de correos y a las invitaciones a cenar. Menos mal que es muy educada y se sienta muy formal en las casas ajenas. Eso sí, vigilándonos durante toda la cena, no vaya a ser una estrategia para abandonarla allí.

Entrenamiento gradual, diréis. Ya. Lo hemos probado. La Chica no tiene ningún problema con estar tranquilita royendo un hueso encerrada en cualquiera de esos sitios, la galería, el sótano, el cercado. Cuando estamos en casa podemos salir al jardín y dejarla sola con libre acceso a toda la casa y no sube al piso de arriba, no toca el sofá ni la comida en el mostrador de la cocina, se comporta como un angelito peludo. Porque sabe que estamos por ahí cerca. Ella no quiere escaparse de casa, no es tonta, sabe que está muy bien en Muffin Manor. La prueba es que cuando se fuga de todos esos sitios no se va. Ella lo que quiere es estar con nosotros. 

¿Qué cuál es la relación de esta historia de evasiones perrunas y mi Gran Evasión soñada? Pues la perspectiva, chicos. Sorprendente cómo un perro puede ponerte las cosas en perspectiva. La Chica tiene sus prioridades, y la primera de la lista parece ser estar con la gente a la que quiere. Porque no sabe si será la última vez que volverá a verlos. Algo en lo que pensar cuando esas cenas familiares en Navidades os den una pereza horrible. 

Para ponernos un poco en el espíritu navideño y hacer un dulce clásico para regalar a los colegas del trabajo, por ejemplo, aquí va mi última obsesión: los biscotti. Receta tradicional italiana que recibe ese nombre porque se hornea dos veces, los biscotti son muy agradecidos: se conservan largo tiempo, contienen muy poca grasa y azúcar, se pueden aromatizar a muchas cosas y son fabulosos untados en un cafecito. Bueno, en realidad, untarlos en el café es obligatorio si no queréis romperos un diente al comerlos. Quizá sea por eso mi obsesión con estos dulces tradicionales: últimamente carburo a café. 

Aquí os dejo la receta y unas fotos de la Chica y los paisajes que rodean Muffin Manor. Un abrazo y tapaos bien por las noches :-).

 BISCOTTI DE AVELLANAS Y CHOCOLATE

INGREDIENTES
  • 1 taza de avellanas (también pueden ser almendras) peladas
  • 1/4 taza de pepitas de chocolate o de un buen chocolate cortado en pedacitos
  • 2/3 de taza de azúcar blanco
  • 2 huevos
  • 1 cucharadita de café (1/2 de té) de extracto de vainilla o de almendra (si hacéis la versión con almendras)
  • 1 cucharadita de café (1/2 de té) de Gianduia, Frangélico (si utilizáis avellanas) o de Amaretto (si los biscotti son de almendra)
  • 1 cucharada de té de levadura en polvo (tipo Royal)
  • 1/4 de cucharada de té de sal 
  • 1 taza y 3/4 de harina integral 
 ELABORACIÓN

Precalentar el horno a 180º. Tostar las avellanas (o las almendras) en una bandeja durante unos 8 a 10 minutos, hasta que empiecen a soltar aroma y estén ligeramente doradas. Picar en mitades. Reservar. 
Batir los huevos y el azúcar vigorosamente con unas varillas, hasta que blanqueen y espesen (unos 5 minutos). Cuando levantéis las varillas, la mezcla debería formar «churretes». Añadir el extracto de vainilla y el licor y batir bien. 

En un bol aparte, mezclar la harina, la sal y la levadura. Añadir los ingredientes secos a la mezcla de huevo y azúcar y mezclar hasta que desaparezca la harina. Incorporar las avellanas y el chocolate. Amasar todo dentro del bol, si la masa es demasiado líquida, podéis añadir un poco de harina, pero hacedlo gradualmente y añadid sólo la necesaria para poder sacar la masa del bol y trabajarla en la encimera. Darle la forma de medio «tronco», una media luna bastante aplastada. Unos 30 cm. de largo y unos 6 de ancho, pero... ¿quién demonios piensa en medir cuando amasa? 

Hornear unos 25 minutos en una bandeja de aluminio de las de hacer galletas previamente aceitada, hasta que los bordes estén ligeramente dorados y la masa empiece a ponerse firme. Sacar del horno y dejar enfriar en la bandeja encima de una rejilla. Bajar la temperatura del horno a 165º.

Pasar la masa con mucho cuidado a una tabla de cortar, y cortarla en rebanadas de un centímetro más o menos. Si la masa se rompe mucho, esperad a que se enfríe un poco más. Si no utilizáis chocolate la masa se cortará más fácilmente.

Colocar los biscotti de nuevo en la bandeja, y hornear unos 10 a 15 minutos. Darles la vuelta. Hornear unos 10 a 15 minutos más o hasta que estén dorados. El tiempo puede variar dependiendo de si habéis utilizado chocolate o no, y de la cantidad de harina que hayáis añadido durante el amasado. Sacar del horno, dejar enfriar y guardar en una lata hermética. Se conservan estupendamente durante más de dos semanas. Si son para regalar, podéis atar varios con un lazo o un cordel rojo, y presentarlos con un paquete de buen café. La versión de chocolate y pistacho que aparece en las fotos podéis encontrarla aquí, aunque sin mi toque saludable.


sábado, 9 de noviembre de 2013

Zenitud

En Quebec no se sale tanto de bares como en España (bueno, sospecho que, en los tiempos que corren, en España ya no se sale tanto como en España). Sí, hay bares, pero no tienen ese papel social de sala de asambleas-anexo al salón de casa-discoteca-guardería-restaurante. Son sitios en los que se bebe alcohol. Y punto. No se permite la entrada a los niños, y si uno quiere un café, o comer algo, tiene que irse a una cafetería (que aquí se llaman café). 

Lo del clima probablemente es uno de los motivos por los que la vida social transcurre bastante en casa. Los jóvenes salen y son tan juerguistas como los de cualquier otro país, en los bares se liga como en los de cualquier otro país, pero una vez que una ha pasado los treinta y cinco, se ha emparejado y ha contraído una hipoteca , una noche de noviembre a cinco bajo cero tendrían que arrastrarme atada a un par de caballos salvajes para hacerme salir, no de casa, sino simplemente del pijama. 

Así que se invita a los amigos y familia a cenar, y ellos te invitan, y uno puede tener una vida social al calor de la chimenea y en zapatillas de peluche. Esto sí que es un país civilizado. 

Por eso esta noche vienen a cenar Flaming-Hot-Sister-In-Law, de la que os hablé hace milenios, y que tras dos intentos fallidos empieza a desesperar de que exista un hombre para ella, y la Walkyria, de la que quizá no os he hablado aún. La Walkyria es la hija de Monsieur M. (sí, soy una malvada madrastra), un metro ochenta y ocho centímetros de mujer, con unas piernas que le empiezan a la altura de las axilas, un busto que mucha gente envidia lo bastante como para pagarse uno igual a plazos, una cara de modelo de lencería y un carácter extrañamente idéntico al de su padre, salvo por lo de la zenitud y lo de eliminar el apego (ella es bastante zapatoadicta). Vamos, como un camionero con la pinta de una portada del Sports Illustrated. Le gustan cosas como conducir excavadoras y quads, jura como un carretero borracho, suelta unos eructos más sonoros que los de su padre y lleva unas uñas y pestañas postizas que hacen que el contraste sea aún más sorprendente. La Walkyria afirma que no encuentra un novio que le dure porque los tíos de su edad son todos unos inmaduros, yo no dudo de su criterio, pero creo que probablemente cualquier tío debe de tener serias dificultades para mantener una erección junto a una amazona semejante. Creo que los aterroriza. Yo cuando sea mayor quiero ser como ella, pero ya empieza a hacérseme tarde. Me sobran años y me faltan centímetros. Muchos. 

El caso es que esta noche tenemos invitadas con sólidos apetitos estimulados por los desengaños amorosos, y yo tengo una pila de redacciones por corregir, de mp3 de mis alumnos por escuchar y otras cosas varias que me obligan a decirle al Ejecutor (Monsieur M.) que va a tener que ponerse las mallas de superhéroe y esta cena va a tener que currársela él solito. 

Esta mañana, a unas horas del evento, lo veo tranquilo, tomándose el segundo cafecito y leyendo el periódico en el mostrador de la cocina y le pregunto ante la puerta abierta de nuestro semidesértico frigorífico, sospechosa: 
-«¿Qué vamos a cenar esta noche?» 
Monsieur M.: -«Pollo.»
Esposa Trabajadora: -«Ah. ¿Y qué más?»
Monsieur M., tomando otro sorbito de café, sin levantar la vista del periódico: -«Pollo.»

Rectifico: en mi próxima vida no quiero ser la Walkyria, quiero ser hombre.

jueves, 24 de octubre de 2013

Poultrygeist (Night of the Chicken Dead): una historia «gore»

Queridos lectores: 

Sepan que echo de menos escribir. Sepan que me gusta dar clases casi por encima de todas las cosas, pero no más que escribir. Pero por el momento hay que atender a lo necesario. Y pagar las facturas. Sepan que leo sus comentarios sobre cómo echan de menos el blog y se me encoge el corazoncillo. Para que vean que no los olvido, y como los que me siguen fielmente desde hace años saben que me encantan esta época del año, el otoño, Halloween, las calabazas, los murciélagos, los dulces en formato bolsillo de niño (bueno, todos los dulces) y las historias de miedo, hoy me tomo un respiro momentáneo de la vida real y vuelvo a la virtual. Con unas estampas de mi locura cotidiana y una receta gore. Para perros, además. ¿Una «perroceta»? ¿Una «perreceta»?

ESTAMPA 1

Como saben, desde que me mudé al campo la población de este zoo en el que vivo ha experimentado muchos cambios. Alfonso, nuestro gato-perro adorado murió hace ya un año (sniff), Julieta, nuestra gata veterana, empezó a estornudar desde que entró por la puerta de Muffin Manor (yo pensaba que era alérgica al campo, pero resulta que es un virus), y no se le pasó hasta que adoptamos a la Chica, un cruce boyero de Berna-border collie-Kraken del abismo de treinta y tantos kilos que come como todos ellos juntos. 

Lo de la terapia de choque funciona, créanme: fue poner a Julieta delante de la Chica, que meneaba el rabo y jadeaba con su mejor expresión de -«Arfarfarfgatogatogato¿puedolamermordisquearjugarconél?», y cortársele los estornudos. Así, de golpe. Y mudarse al piso de arriba y no querer volver a bajar nunca más a afrontar al Kraken excesivamente amistoso que la mira desde el pie de la escalera. 

Julieta es el reflejo de los gustos de la humana que vive con ella: en su vejez se ha vuelto como una de esas viejas locas inglesas de las novelas góticas: encerrada en sus aposentos del piso de arriba de la mansión, donde los sirvientes (nosotros) le llevan las comidas y le hacen compañía. De vez en cuando pasa por el rellano de las escaleras. La Chica la mira con anhelo desde el piso de abajo (respetando escrupulosamente la prohibición de correr escaleras arriba y masticar a la gata), agita la cola como una posesa, lloriquea y pone caritas de «qué buena soy, ven a jugar conmigo». Julieta se sienta y la mira desde las alturas, con el profundo desdén que sólo un gato puede mostrar. Abusando un poco del buen carácter de la obediente Chica, empieza a lavarse la cara y los bigotes con parsimonia. Si pudiera hacerle un corte de mangas, lo haría. Monsieur M. contempla la escena y le dice a la perra, acariciándola, lleno de empatía: «Sííí. Ya sé que ESO vive arriba. Pero no, lo siento, no puedes subir y comerte ESO. ESO forma parte de la familia desde hace más tiempo que tú.» 

En las últimas semanas Julieta ha vuelto a estornudar y moquear profusamente. Estamos considerando adoptar a un mastín. Eso debería cortarle los estornudos por una buena temporada. 



ESTAMPA 2

Una señora cuarentona pero juvenil (sí, qué pasa) y con un encantador acento hispánico hace la compra en un supermercado de la capital de provincias más cercana al sexto pino, donde vive con una gata aristocrática, mocosa y enclaustrada, una perraza de treinta y tantos kilos de amor bruto, un zorro que da vueltas por su jardín esperando que la gata reclusa salga a dar una vuelta, dos mapaches que se sirven en el compost como si fuera un buffet, y un señor quebequés grande, zen y que ha eliminado el apego. Tanto, que no puede soportar hacer la compra. Así que la señora ha comprado todo lo necesario para sobrevivir en las profundidades del bosque durante una semana, y se dispone a poner en práctica su plan. Tras contemplar a la perra tragando -sin masticar- ese pienso de veterinario carísimo que se supone limpia hasta la última partícula de sarro de la dentadura canina -siempre que se mastique, imagino-, y tras calcular lo que le cuesta al mes pagar por esa comida sintética, se dispone a cocinar para el público más agradecido que ha tenido nunca: la Chica. La señora ha calculado que sustituyendo una de las dos comidas de la Chica por comida de verdad, no sólo mejorará la salud de la perra y su estado de felicidad general (a ver a quién le hace ilusión comer bolitas secas dos veces al día durante el resto de sus días), sino que les saldrá más barato. Mucho más. Con lo que ahorren, podrán pagarse un crucero. O casi.

Tras informarse abundantemente de lo que constituye una dieta sana y equilibrada para un perrazo, se da cuenta de que necesita hacer acopio del ingrediente de base: carne. Y es que la señora y el monsieur, si bien no son exactamente vegetarianos, digamos que comen carne roja unas dos veces al año. Tres, si andan por el lado salvaje. Ellos son más de pescado, tofu y algún pollo o pavo ocasional. La Chica parece llevar bien este casivegetarianismo: a ella le encanta masticar brécol, manzanas, calabaza, zanahorias, frambuesas, el plástico de su bol del agua, un pedazo de cuerda con el que juega y el periódico, especialmente el que es un poco conservador, La Presse (una vez le dimos un Journal de Montréal, pero lo digirió bastante mal... quizá fue la horrible sintaxis). Casi todo ello de origen vegetal. Pero no sólo de verdura vive el perro. Necesita proteínas. 

La señora empuja el carro lleno de yogur, col, acelgas, tomates, peras, lechuga, manzanas y se dirige resueltamente al mostrador refrigerado de la carnicería. Allí respira hondo y abre su mente a un nuevo mundo de vísceras hasta ahora desconocido: ternera de oferta para guisado (la que más nervios tiene, pero no cree que a la Chica le importe, teniendo en cuenta que no mastica la comida), hígado de buey (recuerdos de infancia, puajpuajpuaj), una bandejita de poliestireno llena decorazones de pollo, un corazón de cerdo de la talla y aspecto de un corazón humano (Jesuschrist on a piece of toast), -«Corazones para mi corazoncito», piensa la señora con una risilla extraviada. La octogenaria junto a ella la mira con desconfianza. Lo de apilar corazones de animales diferentes en el carro no es sanguinolencia gratuita, es que el corazón es lo más cercano a cualquier otra pieza de carne muscular y mucho más barato que el filete. Ni idea de para qué lo usa la gente que no tiene perro. La señora ve bandejas con riñones (también de cerdo, de un tamaño perturbadoramente humano), pero decide que ha tenido suficiente y se dirige a la caja. 

La cajera, de unos diecinueve años pero con aspecto de dieciséis, es como todas las cajeras quebequesas de su edad que suelen tocarle a la señora: amable, servicial, totalmente desconocedora de cualquier verdura que no sean las patatas o las zanahorias (-«Hum, voyons, ¿dónde está el código de la coliflor?», mirando a una alcachofa), con un universo gastronómico increíblemente limitado para alguien que trabaja rodeado de comida. Empieza a escanear laboriosamente mis exóticas verduras y llama continuamente al encargado para que le diga cuál es el código de esta o aquella planta desconocida (cielos, he comprado acelgas), probablemente maldiciendo entre dientes a estos condenados inmigrantes que comen cosas raras, pero con una sonrisa muy profesional. 

Cuando terminamos la parte vegetal de la compra y empieza a desfilar la casquería, su expresión cambia: una cosa es que una compre -y coma, puaj- cosas improbables como una alcachofa, pero este despliegue de órganos internos empieza a ser demasiado. Parece un capítulo de «Hannibal». Al ver la reacción de la cajera y la del jovenzuelo que mete su compra en las bolsas, la señora decide quitarle hierro a la cosa con una bromita: -«Je, es para una película gore casera que estamos rodando.» La cajera deja de sonreír, deja de mirarla y se apresura a terminar con una agitación visible. 

La señora empuja su carro por el aparcamiento, bastante abochornada. La Chica, que la espera en el coche sacando la cabeza por la ventanilla, le dedica su mejor sonrisa llena de amor perruno. -«Espero que te guste, perra del averno. Y que dure. Porque no voy a poder volver por este supermercado en un tiempo.» 



POULTRYGEIST CASERO: RANCHO PARA PERROS

INGREDIENTES (Para un perro de unos 30-32 kilos, una ración, equivale a unas dos tazas)
  • 1/2 taza de copos de avena (ya cocidos, en agua, sin sal ni azúcar)
  • 1/4 taza de brécol, coliflor o col cocida, sin sal, cortada en ramitos
  • 1/4 taza de zanahoria, o, aún mejor, calabaza cocida sin sal
  • 1 taza de casquería variada, cortada en pedazos para impedir la asfixia de tu tragón de cuatro patas

ELABORACIÓN

La elaboración no es complicada. Si os lanzáis a cocinar para vuestro amado chucho, o, aún mejor, si no queréis cargaros con más trabajo y tener que cocinar específicamente para él, tenéis que recordar algunas cosas de base: los perros comen como nosotros deberíamos comer si quisiéramos vivir cien años y llevar una vida muy triste. Nada de sal, nada de azúcar y limitad las grasas. Así que si contáis con reservar algo de comida para Fido, acordaos simplemente de cocer las verduras sin sal ni especias, y añadid eso al final, en vuestro plato. Fido estará más sano si come sin sal. Y de todas maneras no parece notar la diferencia.

La proporción de cereales que dáis a vuestro perro no debe ser muy alta, ya que en la mayoría de los piensos industriales ya se encuentran en exceso (añaden mucha harina de maíz porque abarata los costes de producción), y son el principal motivo por el que los animales domésticos engordan. Así que si combináis los dos tipos de comida, la industrial y la casera, vuestra prioridad es que Fido coma vitaminas (verduras) y proteínas, especialmente estas últimas. La avena es una buena opción como cereal (mejor que el sempiterno arroz blanco) por exactamente los mismos motivos por los que es buena para los humanos: llena, favorece el tránsito intestinal y se digiere bien. Una opción diferente al brécol son las vainas (judías verdes), poco calóricas y excelentes para vuestro perro. La calabaza cocida es mano de santo para los perros con el estómago revuelto. En cambio, hay algunas frutas y verduras que son tóxicas para los perros y que nunca, nunca, deben comer: la cebolla, el ajo, los tomates, los aguacates, las uvas,  las nueces y las setas en general. Otras no son muy buenas y es mejor evitarlas: los pimientos, las berenjenas, los tomates, las acelgas. 

En cuanto a la casquería, os recomiendo hacerla en una sartén a la plancha, con un poco de aceite de oliva, que es excelente para el pelaje. Y dadle al extractor de humos o la casa olerá de asco. Ver unos cuarenta corazoncitos de pollo salteándose en la sartén es bastante, uh, peculiar. Especialmente si sois comedores de tofu. Simplemente recordad que la proporción de carne «muscular» (filete, pechugas y muslos de pollo, corazón) debe de ser bastante superior a la de hígado. El hígado es bueno para los perros por su contenido en hierro y en vitamina A, pero en cantidad excesiva produce efectos, eh, rápidos y no deseados. Así que poquito. Otra opción estupenda para la salud de vuestro can es el pescado: el salmón, las sardinas y el pescado azul en general. Aunque tal y como están los tiempos, creo que es un lujo hasta para nosotros. 

Servir casi frío en las proporciones indicadas y observar cómo el fruto de al menos media hora de trabajo desaparece en dos minutos. Disfrutar de las miradas de adoración y de -«¿De verdad que no hay más?» de ese par de ojazos marrones. Decirse que esa mirada ha valido todas las demás en la caja del supermercado.